miércoles, 9 de septiembre de 2015

El Rey Rana
En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa que hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real extendíase un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, poníase a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola, con la mano, al caer; era su juguete favorito.





El rey rana
Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, hízolo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una voz que decía:
“¿Qué te ocurre, princesita?
¡Lloras como para ablandar las piedras!”
La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua.
“¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador?” dijo,
“pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.”
– “Cálmate y no llores más,” replicó la rana, “yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?”
– “Lo que quieras, mi buena rana,” respondió la niña, “mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo.” Mas la rana contestó: “No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro.” – “¡Oh, sí!” exclamó ella, “te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.” Mas pensaba para sus adentros: ¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas?
Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. Soltóla en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él. “¡Aguarda, aguarda!” gritóle la rana, “llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!” Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar ‘cro cro’ con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca.
Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta: “¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme!” Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, encontrase con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y volviese a la mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo: “Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte?” – “No,” respondió ella, “no es un gigante, sino una rana asquerosa.” – “Y ¿qué quiere de ti esa rana?” – “¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar.” Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía:
“¡Princesita, la más niña, Ábreme! ¿No sabes lo que Ayer me dijiste Junto a la fresca fuente? ¡Princesita, la más niña, Ábreme!”
Dijo entonces el Rey: “Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.” La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó: “¡Súbeme a tu silla!” La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la mesa, y, ya acomodado en ella, dijo: “Ahora acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas.” La niña la complació, pero veíase a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: “¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas.” La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo: “No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada.” Cogióla, pues, con dos dedos, llevóla arriba y la depositó en un rincón. Mas cuando ya se había acostado, acercóse la rana a saltitos y exclamó: “Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre.” La princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared: “¡Ahora descansarás, asquerosa!”
Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y convirtióse en un príncipe, un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Contóle entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; díjole que al día siguiente se marcharían a su reino. Durmiéron se, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no cabía en sí de gozo por la liberación de su señor.
Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:
“¡Enrique, que el coche estalla!” “No, no es el coche lo que falla, Es un aro de mi corazón, Que ha estado lleno de aflicción Mientras viviste en la fontana Convertido en rana.”

Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.

La bici de Miguel

Es fantástico! -suspiró Miguel, tendido en la cama y contemplando su póster favorito-.
¡Qué bárbaro! ¡El rayo del espacio, la bici espacial! ¡Menudo aparato!
La bici de Miguel
La bici de Miguel
Cada noche, antes de dormirse, se quedaba largo rato mirándolo. Luego, soñaba con ella.
Una noche de verano, acababa de cerrar los ojos cuando de repente oyó un ruido extraño.
Se incorporó rápidamente y vio que el póster se agitaba violentamente. De pronto sonó como un silbido y la bici se desprendió de la pared y fue a caer al suelo.
Asombrado, Miguel la miró, boquiabierto, y se cayó de la cama. Allí mismo, en su cuarto, estaba la bici en tamaño natural… y la chica del póster en carne y hueso.
—¿Quién eres tú? —preguntó Miguel, hecho un lío.
—Me llamo Tina y soy una ciclista del espacio.
¡Vamos a dar una vuelta!
La bici de Miguel
La bici de Miguel
Muy sigilosamente, Miguel ayudó a Tina a transportar la bici escaleras abajo hasta el jardín. ‘¡Menuda sorpresa tendrían mamá y papá si me vieran ahora!”, pensó él.
Cuando salieron al jardín, iluminado por la Luna, Tina saltó sobre el rayo del espacio y salió disparada.
—¡Mírame, Miguel! ¡Qué divertido es pedalear en esta bicicleta espacial!
Miguel estaba impaciente por montar en ella y cuando Tina se bajó, saltó sobre el rayo del espacio y exclamó:
—No ha estado mal, ¡pero fíjate en mí!
Se disponía a partir cuando se detuvo en seco y añadió:
¡¡Pero si no tengo casco espacial!!
Tina señaló su cabeza y dijo:
—¡Pero si lo llevas puesto!
De vez en cuando el casco soltaba como un leve silbido.
—Es el oxígeno -dijo Tina.
La bici de Miguel
La bici de Miguel
Miguel llevaba también un reluciente traje espacial, con grandes bolsillos para las provisiones. Montó de un salto en la bici, listo para lanzarse a pedalear.
Primero avanzó vacilante en una dirección… luego en la otra. ¡Al fin lo consiguió!
Pero qué trabajoso era pedalear en aquella bici. —Ojalá tuviera motor.
—Vaya, si tiene cohetes propulsores…
—Has de apretar ese botón que hay en el manillar. ¡No, no lo toques! ¡NO!
Era demasiado tarde…
Al apretar Miguel el botón, se oyó un ruido sordo debajo del sillín y los cohetes se pusieron en marcha.
-¡Has de apretar el interruptor para desconectarlos!
—¿Dónde está?
Pero antes de que Tina pudiera responder, sonó una explosión y de la parte trasera de la bici se escapó una llamarada de color púrpura.
La bici de Miguel
La bici de Miguel
Miguel salió disparado a través del jardín en dirección al auto de su papá… iPang! La rueda delantera chocó con el guardabarros del auto. iCatacloc!, sonaron los cohetes, mientras la bici trepaba por la parte al auto de su papá posterior del auto. Pero no bajó por el otro lado y Tina se quedó observando impotente cómo Miguel, agarrándose con fuerza a la bici, se remontaba con ella hacia la oscuridad del cielo.
Tina vio alejarse la bici espacial con la que Miguel se perdía en la noche.
En un segundo, estuvo a cien metros. En dos segundos, había subido un kilómetro. Y un minuto más tarde seguía subiendo…
Al fin, Miguel encontró el interruptor y la bicicleta se detuvo. Miró hacia abajo por primera vez.
Colgada en la oscuridad divisó una pequeña bola verde y azul. “Qué color más raro para una pelota de tenis”, pensó.
La bici de Miguel
La bici de Miguel
Pero no era una pelota. ¡Era la Tierra! Se veían claramente Africa y la India. Cuando Miguel se dio cuenta de lo lejos que estaba de casa, se sintió muy solo y desamparado, y notó cómo el corazón le palpitaba. Tenía algo de miedo.
Al flotar se metió las manos en los bolsillos del traje espacial, pero lo único que encontró fue un envoltorio de una chocolatería de Venus: “Chocovenus”.
De pronto, le saludaron las luces de una nave espacial. Se sintió mucho mejor. Pero había algo que no marchaba bien. Lo notaba por momentos.
Al acercarse, Miguel vio a un hombre con traje espacial que le hacía señas.frenéticas, colgado de un tubo. Al parecer, estaba gritando, pero Miguel no oía nada.
La máquina se puso en marcha y Miguel se lanzó tras la caja, que se alejaba dando vueltas. La recogió y la metió en su bolsillo espacial y se dirigió a la nave.
Se detuvo junto al gran casco gris. Al subir, la tripulación lo aclamó con grandes vítores y aplausos. Era un héroe.
Buen trabajo, chico —dijo el capitán—.
Esa caja es muy importante. Es nuestra brújula espacial. Sin ella, nos habríamos perdido.
Trató de enjugarse la frente, pero aún llevaba el casco puesto.
—Te mereces una recompensa.
—Sólo quiero ir a casa —dijo Miguel.
La bici de Miguel
La bici de Miguel
Estoy muy cansado. Quiero ver a mis padres. Así pues, el capitán puso la nave en supermarcha rumbo a la Tierra, usando la brújula espacial.
La “pelota de tenis” que había visto Miguel se fue haciendo cada vez más grande, hasta que llegó a ocupar toda la ventana. Pronto Miguel comenzó a ver los campos que brillaban bajo la luz de la luna y el río que se curvaba en dirección a su casa.
— ¡Ahí es donde vivo! —gritó—. ¿Podéis dejarme bajar?
El capitán le prendió una medalla espacial en el traje y maniobró la nave hasta que estuvo suspendida sobre la casa de Miguel. —¡Ponte en la plataforma de lanzamiento!
Miguel recogió su casco y se dirigió al tubo, de pronto oyó un ruido extraño y sintio que caía. Miguel intentó agarrarse a algo, y cerró los ojos fuertemente…
Cuando volvió a abrirlos, estaba en su cama y el sol entraba a raudales por la ventana. Se frotó los párpados y miró el cartel de la pared..
La bici de Miguel
La bici de Miguel
— Ahí está la bici espacial… ¡Y Tina! Todo ha sido un sueño trepidante.
Pero no había mirado debajo de la cama, donde le aguardaban más sorpresas.

         La abeja que no quería trabajar

Érase una vez una soleada mañana de verano, en la que la brisa rizaba las nubecitas blancas en el cielo azul, y los prados estaban llenos de ranúnculos dorados. Era el día ideal para recoger miel. Eso era lo que pensaron las abejas, y todas se apresuraron a ponerse su chaqueta de terciopelo pardo, para salir a trabajar rápidamente. Todas menos el zángano Patoso. Al zángano Patoso no le gustaba trabajar. Pero cuando las otras abejas se iban, la colmena resultaba aburrida, y estaba oscura, así que salía al sol y volaba pausadamente de flor en flor. Pero era tan lento trabajando, y se paraba a descansar con tanta frecuencia que no recogía casi nada de miel. Ese día, durante uno de esos descansos, mientras se mecía perezosamente de un lado a otro dentro de la corola de una rosa silvestre, oyó una risa cerca. Patoso miró hacia arriba, y sobre ella, balanceándose despreocupadamente en el borde de un pétalo rosado, vio a una diminuta mariposa. Sus alas tenían unos colores muy bellos, y además era muy pequeña para ser una mariposa, no mucho mayor que la propia Patosa.
La abeja que no quería trabajar
La abeja que no quería trabajar
Bueno, Patoso –dijo con una vocecita delicada
¿No estarás desperdiciando esta hermosa mañana atareada con tus tarros de miel? ¿Cómo puedes ser tan tonto? Yo, cuando tengo hambre, bebo todo el néctar que me apetece, ¡pero no malgasto mi tiempo recogiendo miel para que se la coman otros! Patoso agachó la cabeza, pero no contestó porque no le gustaba que se rieran de él.
¡Ven conmigo! –continuó la mariposa
Te enseñaré algo mucho más entretenido. Hay un baile de hadas esta noche en el musgo bajo el gran roble. Necesito pareja, y tú eres el adecuado. »
La verdad ­continuó la mariposita­, es que a las hadas no les interesan mucho las abejas, esos bichitos tan sensatos y rutinarios. No sabéis hacer nada más que trabajar y acumular miel para que la usen otros.
Entonces ¿porqué quieres llevarme? –preguntó Patoso.
Bueno, lo cierto es –dijo la mariposa en tono despreocupado­ que tampoco me importas mucho, pero tu ropa es muy bonita. Siempre me gustó el terciopelo marrón. Además, necesito a alguien que me acompañe esta noche, y tú puedes servir.
La abeja y la mariposa
Ven ­dijo­, volaremos sobre las praderas y veremos cómo es el mundo al otro lado de la colina. ¡Nos vamos a divertir mucho! A Patoso le gustaba cualquier cosa que le evitara trabajar, así que estuvo encantado de ir con la bella mariposa, y se marcharon juntos volando sobre los prados. Estuvieron todo el día jugando y retozando y en todo ese tiempo ninguno de las dos trabajó ni siquiera un poquito. La pequeña mariposa encontró una gran hoja verde de suave superficie, y ahí estuvo enseñando a bailar a Patoso.
Tienes que aprender a bailar para esta noche –le dijo­ o no les gustarás nada a las hadas. Cuando llegó la noche y las luciérnagas comenzaron a encender sus luces por la hierba la mariposita llevó a Patoso al baile de las hadas. Era al pie del gran roble, un hueco tapizado de verde musgo. Todo alrededor había diminutos taburetes de bellota que les había dado la ardilla que vivía en la copa del árbol, para que las hadas descansaran cuando estuvieran fatigadas de bailar. Y en un extremo había un pequeño trono para el rey y la reina de las hadas. El techo estaba hecho de hojas verdes, y entre ellas colgaban luciérnagas para iluminar la pista de baile. Patoso no había visto en su vida nada tan bonito como esta sala de baile de las hadas. Poco a poco, también las hadas comenzaron a llegar, y la sala lució aún más bella, porque llevaban vestidos hechos con todo tipo de flores: azules, blancos, rosas, montones de encajes de tela de araña, perlas y diamantes tallados de gotas de rocío. El rey y la reina, también, lucían trajes tejidos con dorados rayos de sol y deslumbrantes estrellas plateadas Patoso estaba aturdido, pero todo el mundo parecía contento de verle, y todos fueron muy amables con él.
La abeja y la mariposa bailando
La abeja y la mariposa bailando
¿Quién es ese bichito de marrón? –preguntó la reina, lanzando una aguda mirada desde su trono al extremo del salón. ­ Es Patoso, el amigo de Mariposa –le contestó un hada que estaba a su lado.
Ve a decirle que se acerque –ordenó la reina­ Quiero bailar con él.
Así que Patoso bailó con la reina de las hadas, y se sintió más orgulloso y feliz de lo que nunca había estado. Y cuando al final acabó el baile, y todas las hadas ya se habían marchado, se fue a dormir en una flor de malva real, y soñó con todo lo que había pasado. No obstante, a la mañana siguiente se acordó de su propia reina y regresó apresuradamente a la colmena. Pero la pequeña mariposa no pareció muy contenta de que lo hiciera.
El baile con las hadas
¿Por qué tienes que volver a esa mugrienta colmena? –preguntó­ Tu ropa es tan bonita como siempre, y a todas las hadas les gustas. Además, dentro de unas noches, el rey y la reina presiden la corte, y otra vez será muy divertido. ¡Quédate conmigo y sé feliz! Patoso lo estaba deseando, así que a partir de ese día con la mariposita no hizo nada más que jugar, y no pensó en nada que no fuera agradable, porque los días del verano eran cálidos y luminosos, y el invierno se veía muy lejano. Las flores rojas de los tréboles se agitaban y le hacían señas.
La abeja que no quería trabajar
¡Hoy tenemos mucha miel dulce para ti, Patoso! Y los ranúnculos también le llamaban para que se posara en ellos a recoger su néctar, pero Patoso pasaba de largo volando y simulaba no oírles. Las otras abejas lo miraban y sacudían la cabeza, y una de ellas le contó a la reina lo que Patoso estaba haciendo. Entonces, la propia reina salió de la colmena para hablar con él, y todas las demás abejas salieron con ella.
La abeja

¿Qué estás haciendo, Patoso? –preguntó­ Creímos que estabas muerto. ­ No, ­contestó Patoso­ muerto no, ¡sólo me estoy divirtiendo! ­ Y si ahora no trabajas, ¿qué harás cuando llegue el invierno? – preguntó la reina. Patoso agachó la cabeza, porque no sabía qué responder. Pero la mariposa se rió. ­ ¡El invierno está muy lejos! –dijo con su vocecita suave, y volvió a reír. Entonces la reina se puso furiosa. ­ ¡No vuelvas nunca a la colmena! –dijo­ No queremos abejas que no trabajen. Le dio la espalda a Patoso y entró en la colmena, seguida de todas las demás abejas. Pero a Patoso no le importó nada, porque los días eran todavía cálidos y luminosos y el invierno parecía muy lejano.
Todas las mañanas, la mariposa y él jugaban en las soleadas praderas, y cuando oscurecía y los ruiseñores cantaban su canción de buenas noches al mundo, se mecían hasta dormirse en las flores de malva real y descansaban hasta el día siguiente. Pero llegó el día en que se fue el sol y las noches se hicieron cada vez más oscuras y frías. Las hadas ya no volvieron a bailar en el musgo bajo el gran roble, y las luciérnagas ya no alumbraban con sus colas.
La reina de las abejas
Creo que debería volver a buscar mi capullo. Las noches son frías y me ayudará a mantenerme caliente. ­ Pero ¿qué haré yo? –preguntó patoso­ ¡Yo no tengo capullo! Pues lo siento por ti, pero no puedo ayudarte con eso –contestó la mariposita. Después, riendo, salió volando y Patoso no volvió a verla más. Pero las noches siguieron haciéndose más y más frías, tan frías que Patoso no podía mantenerse caliente. Y aunque buscaba comida durante todo el día, no encontraba néctar, porque las flores se habían muerto y el invierno había llegado. Así que patoso fue a ver a la ardillita roja que vivía en el gran roble. Era ella la que había regalado los taburetes de bellota a las hadas, y siempre había sido muy amable y generosa. Patoso estaba convencido de que le ayudaría, así que llamó a su puerta.
La abeja trabajando
La abeja trabajando
¡Por favor, señora Ardilla! –pidió­ ¡Estoy helada y hambrienta! ¡Por favor, déjeme entrar! Pero la ardilla echó un vistazo por la mirilla de su puerta y no le dejó entrar. ¡Te conozco! –exclamó­ ¡Tú eres la abeja que no ha hecho nada más que bailar con las hadas! Yo he trabajado todo el verano y ahora tengo un montón de nueces para comer. ¿Por qué no trabajaste tú también? –y le cerró la puerta en las narices. Luego, como no se le ocurría nada mejor, Patoso volvió a la colmena y llamó a la puerta.
¡Por favor, dejadme entrar, queridas abejas! –pidió­ ¡Estoy helado y hambriento! ­ ¿Dónde has estado, Patoso? –preguntó la reina­ Creímos que a estas alturas ya estarías muerto. ­ No, muerto no –contestó Patoso­. Sólo helado y hambriento. ¡Por favor, querida reina, déjame entrar! ¡Trabajaré para ti todo el día!
No, ­replicó la reina­ ahora no hay nada que hacer. ¡No te dejaremos entrar! –y las abejas cerraron la puerta de la colmena. Así que el pobre Patoso se encontró sin ningún sitio a donde ir. El viento soplaba cada vez más frío, y no había nada en el mundo para comer. Una noche gélida y oscura, en la que se sentía famélico, Patoso se arrastró bajo una hoja muerta, se acostó boca arriba, y así estuvo toda la noche, porque estaba demasiado débil y cansado para darse la vuelta. Estaba casi muerto, y en pocos minutos lo hubiera estado del todo, pero de pronto escuchó un suave susurro, y una dulce vocecita que decía:
Las hadas están preocupadas por ti, Patoso, porque nos ayudaste a divertirnos. ¿Quieres venir y trabajar para nosotras y aprender a vivir como una abeja? ­ ¡Oh, sí! –contestó Patoso­ ¡Haré cualquier cosa por vosotras si me aceptáis! ¡Estoy tan helado y hambriento…! Y Patoso se fue a trabajar para las hadas. Todo el invierno estuvo haciendo para ellas chaquetitas de terciopelo pardo como la suya, para que estuvieran calientes cuando soplaran los fríos vientos. Pero cuando al fin volvió la primavera, la reina lo envió de vuelta a la colmena.
La abeja que no quería trabajar
Ve a decirle a tu reina que ahora ya sabes trabajar –dijo­ y aquí tienes todas la chaquetitas que nos has hecho. Está llegando el verano y ya no las vamos a necesitar. Llévalas como regalo para las otras abejas, y así se alegrarán de verte. Así que Patoso regresó a ver a su propia reina, y todos se pusieron muy contentos de verlo de nuevo, porque ahora sabía trabajar, ¡y además había traído una chaqueta nueva de terciopelo pardo para cada abeja! A partir de entonces, Patoso recorría los prados recogiendo miel todos los días, y se sentía muy feliz, porque las abejas son más felices cuando trabajan.

                      cuentos infantiles


La batalla de los dos reinos
                         
Erase una vez una hada que se llamaba Sofía. Ella era una hada muy guapa y muy buena, siempre ayudaba a sus compañeros/as, hacia trabajos para la comunidad de las hadas y curaba a los animales heridos del bosque. Pero no todo era alegría, resultaba que en el reino de las hadas hubo una parte que fue invadida por el mundo de la magia oscura , el cual su reina era Ursula también conocida como la emperatriz del mal. Ursula siempre hacia la vida imposible a los habitantes del reino de las hadas y cuando era de noche Ursula salia por la noche, raptaba a los elfos que estaban durmiendo y los ponía a trabajar como sirvientes. Un día Sofia dijo:
- esto no puede seguir así.
Entonces decidió pedirle ayuda a su tía que era la sabia del reino.

fue camino a casa de su tía macarena y  le pidió consejo, su tía le dijo:

- ve ha hablar con ella, dile que si convivimos bien podemos compartir el reino y sus objetos y materiales.

- tía no va querer escucharme-dijo Sofia con tono de preocupación.

- tu no fuerces las cosas con ella, pero seguro que si le tratas amablemente te escuchara.

- ¡gracias tía eres la mejor!- dijo Sofia entusiasmada.

entonces Sofia tomo camino hacia el castillo de Ursula. Cuando entro al castillo le explico a Ursula todo lo que le había dicho su tía. Entonces Ursula comprendió que se podía convivir con todos y compartir. Desde entonces vivieron todos juntos muy felices.